Rojo y blanco

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«No tiene un apellido ilustre. Es un jovenzuelo, hijo de un rico banquero que ha conseguido ganarse una reputación de hombre inteligente gracias a su lengua viperina. No es más que un principiante en la carrera en que yo he andado ya mucho camino, y además carece de un apellido ilustre y de parentescos considerables y bien establecidos en la sociedad. Cada vez que el señor Leuwen sea invitado a las Tullerías, puedo serlo también yo, y si lo deseo, antes que él. Al señor Leuwen nunca se le ha concedido el honor de asistir a los bailes de las princesas».

Tales eran los pensamientos que la señora Grandet intentaba comprobar mientras miraba a Luciano, cuando éste la creía preocupada por el crimen del tendero señor Béranville y la manera de castigarle retirándole la confianza del Estado Mayor de la Guardia Nacional.

La señora Grandet se dijo súbitamente, casi riendo, impulso raro en ella:

«Si siente por mí la pasión que dice la señora de Thémines, de forma tan generosa, es preciso que le vuelva loco. Y quizá para ello le conviene a este joven que le ponga a régimen de despechos, lo que por otra parte sería conveniente para mí».


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