Rojo y blanco
Rojo y blanco Al cabo de media hora, Luciano veíase recibido con una marcada frialdad; se hallaba, con respecto a la señora Grandet, en la situación de un aficionado a las obras de arte que discute la compra de un cuadro mediocre: aunque pretende adquirirlo por pocos luises, se exagera a sí mismo sus cualidades; las pretensiones del vendedor suben entonces hasta alcanzar límites prohibitivos y el cuadro pierde valor a los ojos del comprador, que no ve otra cosa que sus defectos, y no piensa en él más que para burlarse.
«Estoy aquí —pensaba—, para demostrar a estos bobos que siento una gran pasión. ¿Y qué puede hacerse cuando se está devorado por un amor apasionado y es tan mal acogido por una hermosa mujer como ésta? Lo que me corresponde es caer en la más profunda melancolía».
No pronunció ya ni una sola palabra más.
«¡De qué manera conoce el mundo las pasiones! —prosiguió, sonriéndose a sí mismo y sintiendo verdadera melancolía—. Cuando me encontraba realmente en el papel que ahora represento, nadie se molestaba por ello en el Café Charpentier».
Luciano continuó sentado en su silla, encerrado en la más elogiosa inmovilidad. Por desgracia, no podía tener cerrados los oídos.