Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquel discurso dirigido a una rica burguesa, cuya madre con toda seguridad no tenía coche, empezó divirtiendo a Luciano. Pero, desgraciadamente, el señor de Torpet no sabía ser inteligente en cuatro líneas; le era necesario desarrollar largos períodos oratorios.
«Este imprudente gascón se cree en la obligación de hablar como en los libros de Chateaubriand», se dijo Luciano, impacientado.
Estuvo a punto de dirigir dos o tres frases a aquel auditorio, pero pensó que podrían ser tomadas como una broma. Decidió seguir callado.
«Estoy sumido en una gran pasión: el silencio y la tristeza —pensaba—, están de acuerdo con la acogida que me dispensa la señora Grandet».
Luciano, obligado a continuar callado, tuvo que escuchar tantas estupideces, y sobre todo vio tantos sentimientos rastreros y viles expuestos casi con orgullo, que le pareció hallarse rodeado de los criados de su padre.
«Cuando mi madre observa que alguno de los lacayos de la casa habla como el señor de Torpet, le despide».