Rojo y blanco
Rojo y blanco Detestaba los ornamentos elegantes del saloncillo oval de la señora Grandet. No tenía razón: nada más elegante ni menos vulgar; sin su forma oval y sin algunos alegres ornamentos colocados por el arquitecto, aquel delicioso salón no hubiera sido más que un templo; los artistas se hubieran dicho entre ellos: «Bordea lo demasiado serio». Pero la desfachatez del señor de Torpet hacia ver a Luciano las cosas mucho más desagradables de lo que eran. La juventud, el frescor de la dueña de la casa, aunque disminuidas por la acogida que le dispensaba, le parecían propias de una criada.
Nuestro héroe continuaba creyéndose un filósofo, y no veía que, sencillamente, lo que realmente sentía era horror por la desfachatez. Era precisamente aquella característica, llevada hasta el máximo por el señor de Torpet, lo que le producía un desasosiego parecido a la cólera. Aquel horror hacia una cualidad tan necesaria para el éxito, era el síntoma que más alarmaba al señor Leuwen padre con referencia a su hijo.
«No está hecho para su siglo —se decía—, y no será nunca más que un sencillo hombre inteligente».