Rojo y blanco
Rojo y blanco Cuando llegó la propuesta de la inevitable partida, vio que el señor de Torpet se disponía a coger una bola. Luciano tenía realmente los oídos ofendidos por la voz de aquel apuesto hombre. A fuerza de sentirse molesto, se considere sin las fuerzas necesarias para dar vueltas alrededor del billar, y salió de la casa silenciosamente, con el andar lento propio de la desventura.
«¡No son más que las once!», se dijo con alegría; y por primera vez en la temporada, dirigióse apresuradamente a la ópera con deseos de llegar pronto.
Encontró a la señorita Raimunda en el antepalco de su padre, hacía un cuarto de hora que se hallaba sola y tenía unos deseos enormes de hablar. Luciano la escuchó con un placer que le dejó sorprendido, y se mostró lo más amable posible con ella.
«Aquí está la verdadera espiritualidad —se dijo en su obsesión—. ¡Cómo contrasta con el énfasis lento y monótono del salón de los Grandet!».
—Eres encantadora, hermosa Raimunda, o por lo menos yo me siento encantado. Explícame todo lo referente a esa historia de la disputa de la señora M… con su marido y del duelo.
Mientras su vocecilla suave y bien timbrada recorría, saltando de uno a otro, los detalles de la historia.