Rojo y blanco
Rojo y blanco —Qué pesados y tristes son, respondiéndose unos a otros por medio de falsos razonamientos, en los que tanto el que habla como el que escucha advierten perfectamente su falsedad, pero serÃa contravenir todos los convencionalismos de esta cofradÃa pagarles con moneda falsa. Hay que aguantar indecibles estupideces y no dirigir la menor ironÃa sobre las verdades fundamentales de su religión; de lo contrario todo se habrá perdido.
Dijo gravemente:
—A tu lado, mi hermosa Raimunda, un señor de Torpet serÃa imposible.
—¿De dónde sales ahora? —le preguntó ella.
Él continuó:
—Con tu inteligencia natural y atrevida, te podrÃas estar burlando de él desde el momento en que se presentara y harÃas añicos su estudiado énfasis. ¡Qué lástima no poderos hacer almorzar juntos! Mi padre serÃa digno comensal en dicho almuerzo. En ningún momento podrÃa tu vivacidad soportar sus largas frases enfáticas, que constituyen el tono perfecto de la gente de la buena sociedad de provincias.
Nuestro héroe guardó silencio y pensó: