Rojo y blanco

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«¿No haría bien en transferir mi gran pasión de la señora Grandet a la señorita Elssler o a la señorita Gosselin? Estas dos son también muy conocidas; la señorita Elssler no tiene ni la inteligencia ni las oportunas salidas de la señorita Raimunda, pero incluso al lado de la señorita Gosselin un tipo como Torpet es imposible. Ésta es la razón por la cual la buena sociedad de Francia se halla en un momento de decadencia. Hemos llegado a una época como la que vivió Séneca y no nos atrevemos a hablar como en tiempos de la señora de Sévigné o del gran Condé. La naturalidad se refugia en el cuerpo de baile. Cuál me será menos pesada para el caso de una gran pasión, ¿la señora Grandet o la señorita de Gosselin? ¿Estaré condenado a tener que escribir estupideces por la mañana y a escucharlas por la tarde?».

En lo más intenso de aquel examen de conciencia y de la locura de la señorita Raimunda[3], se abrió la puerta del palco con estrépito, para dar paso a un personaje que no era nada menos que Su Excelencia el señor conde de Vaize.

—Le estaba buscando a usted —dijo a Leuwen con una seriedad no exenta de importancia—. Pero, esta señorita, ¿es de confianza?

Aunque estas últimas palabras fueron pronunciadas en voz muy baja, la señorita Raimunda las captó.


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