Rojo y blanco
Rojo y blanco —Ésta es una pregunta que jamás se ha hecho impunemente —exclamó— y como yo no puedo hacer salir de aquà a Su Excelencia, aplazo mi venganza hasta la próxima sesión de la Cámara. Y salió.
—¡No ha estado mal —dijo Luciano riendo—, no, no ha estado mal!
—¡No comprendo cómo se puede ser tan ligero, cuando uno está metido en asuntos de la más alta importancia! —replicó el señor ministro con el mal humor natural en un hombre que, preocupado en pensamientos difÃciles, se veÃa distraÃdo por una simpleza.
—Me vendà en cuerpo y alma a Su Excelencia por las mañanas; pero ahora son las once de la noche, y ¡pardiez!, las noches me pertenecen por entero. ¿Qué puede darme usted por ellas, si es que las vendo también? —contestó Luciano, que seguÃa muy alegre.
—De subteniente que es usted, le haré ascender a teniente.
—¡Oh!, ésta es una moneda muy atractiva, pero no sabrÃa qué hacer con ella.
—Llegará el momento en que usted sepa reconocer todo su valor. Pero no traemos tiempo para dedicarnos a la especulación filosófica. ¿Hace el favor de cerrar la puerta del palco?
—Con mucho gusto —respondió Luciano corriendo el pestillo.