Rojo y blanco

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Mientras lo hada, el ministro estuvo calculando si podían ser oídos desde los palcos vecinos. No había nadie en ellos. Su Excelencia se escondió cautelosamente detrás de una columna.

—Por su propio mérito se ha convertido usted en mi principal colaborador —dijo con aire grave—. El empleo que usted disfruta ahora, no tenía ningún interés para mí como no fuera el de tener complacido a su señor padre. Pero usted ha creado la plaza que ocupa como secretario mío y ahora tiene su importancia; acabo de hablar de usted al rey.

El ministro se detuvo, esperando causar un gran efecto; observó atentamente la reacción de Luciano y no vio en la expresión de éste más que una triste atención.

—¡Desdichada monarquía! —pensó el conde de Vaize—. Mencionar al rey no produce ningún efecto mágico. Es realmente imposible gobernar existiendo estos periodiquillos que no hacen más que desmoralizar. Todo tenemos que pagarlo con dinero contante y sonante o con ascensos… Esto nos está arruinando: ni el Tesoro ni los ascensos pueden ser infinitos.

Hubo un corto silencio de diez segundos durante el cual la fisonomía del ministro adquirió un aspecto sombrío. En su primera juventud, en Coblenza, donde se hallaba, las tres letras R.E.Y., tenían todavía efectos sorprendentes sobre las personas.


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