Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Bravo!, ¡bravo!, amigo mÃo. Cumpla su cometido siguiendo las directrices que le he indicado a usted y las que he escrito a los prefectos y generales. Las firmaré todas antes de meterme a la cama, a la una y media. Probablemente deberé preocuparme también esta noche por estas malditas elecciones… Asà pues, no se preocupe usted, que tendrá noticias mÃas por medio del telégrafo.
—Es decir, yo podré escribirle a usted a espaldas de los prefectos y sin comunicarles mi despacho.
—¡Asà debe hacerlo! Pero ellos se enterarán por el empleado del telégrafo. Procurará no enemistarse con los prefectos, son buena gente y no es necesario que les informe usted más que de lo que crea conveniente. Si empiezan a mostrar celos de su misión, no les excite ni discuta con ellos: no debemos dividir a nuestro ejército en vÃsperas de la batalla.
—Espero obrar prudentemente; no obstante, ¿puedo comunicarme con Su Excelencia, por telégrafo, sin dar cuenta al prefecto del contenido de mi despacho?
—SÃ, consiento en ello, pero no se lÃe con los prefectos. DesearÃa que tuviera usted cincuenta años en vez de veintiséis.
—Su Excelencia es perfectamente libre de elegir para esta misión a un hombre de cincuenta años; probablemente serÃa menos sensible que yo a las injurias de los periódicos.