Rojo y blanco

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«He aquí que está sufriendo su propia absurdidad: pretender reunir en sí las ventajas ministeriales y la susceptibilidad delicada del hombre de honor. ¿Hay algo más tonto que esto? ¡Vamos!, amigo mío de uniforme bordado, procura endurecer tu piel ante los ultrajes… Sin embargo, puede decirse en su descargo, que no hay quizá ninguno de esos pillos de agentes del ministro que sufra por estas razones. Esto constituye un elogio para él… Los demás saben perfectamente a la clase de misiones que se exponen cuando solicitan empleos… Sería conveniente que encontrase el remedio por sí solo… El orgullo, la alegría del descubrimiento, disminuirán el dolor que produce el filo del consejo penetrando hasta el fondo de su corazón. Pero él es rico, se halla rodeado por todas las bienaventuranzas de una espléndida posición… Jamás dará a luz por sí solo un remedio, si es que hay alguno. Ya que el diablo me lleve si conozco el fondo de su posición… Siempre es esto lo más difícil de saber… Este bellaco de ministro le trata con una extraña distinción; tal vez el ministro tenga una hija, legítima o bastarda, y está deseoso de endosársela… Quizá Leuwen abriga ambiciones, debe tratarse tal vez de un hombre apto para aspirar a una prefectura, a una cruz, a una cinta roja sobre un frac recién estrenado…, y pasearse con ellas por el paseo de tilos de la localidad».


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