Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Ah! ¡Dios mÃo! —exclamó Leuwen en voz baja.
«Aquà está en el camino del menosprecio público… como en mis primeros dÃas de Sainte-Pélagie, cuando creÃa que los vecinos de mi almacén podÃan llegar a pensar que yo era un quebrado fraudulento…».
El recuerdo de aquel dolor tan intenso, fue lo bastante poderoso para obligar a Coffe a hablar.
—No llegaremos a la ciudad antes de la once; ¿quieres que vayamos a la posada o a casa del prefecto?
—Si está levantado, lo mejor será ver al prefecto. Leuwen cometÃa la debilidad de pensar en voz alta delante de Coffe: habÃa tenido que beber hasta las heces el cáliz de su amargura y habÃa llorado. Añadió:
—No puedo estar más disgustado de lo que estoy. Lancemos la última áncora de salvación que le queda al miserable, cumplamos con nuestro deber.