Rojo y blanco
Rojo y blanco —Tienes razón —dijo frÃamente Coffe—. En el más intenso dolor y sobre todo en el peor de los dolores, para aquel que tiene por causa el desprecio de sà mismo, cumplir con su deber y actuar es, en efecto, el único recurso. Experto crede Roberto: no me he pasado la vida en un lecho de rosas. Si quieres creerme, lo que debes hacer es espabilarte e intentar olvidar la algarada de Blois. Te hallas aún muy lejos del colmo del dolor; no has tenido ocasión todavÃa de despreciarte a ti mismo. El juez más severo no podrÃa ver más que imprudencia en tus actos. Has juzgado la vida de un funcionario ministerial por lo que ves en ParÃs, donde gozan de todos los monopolios que puede ofrecer la vida social. Únicamente en provincias os donde puede comprobarse el desprecio que siente hacia él la mayorÃa del pueblo francés. No tienes todavÃa la piel lo bastante dura para dejar de sentir el menosprecio público. Pero uno se acostumbra a ello, no tiene más que dejar a un lado la vanidad. FÃjate en el señor de N… Se puede incluso observar con referencia a tal hombre célebre, que cuando el menosprecio se ha convertido en lugar común, únicamente lo expresan los tontos. Y los tontos, entre nosotros, adulan hasta lo más despreciable.
—Curioso consuelo es éste —dijo Leuwen con brusquedad.