Rojo y blanco
Rojo y blanco —Es, me parece, el único apropiado en tu caso. En primer lugar, es preciso decir la verdad cuando se intenta la ingrata tarea de consolar a un hombre de valor. Soy un cirujano cruel en apariencia, sondo la herida hasta el fondo, pero puedo curar. ¿Recuerdas al cardenal de Retz, que poseÃa un corazón elevado, que era el nombre de Francia que ha demostrado poseer más valor, un hombre comparable a los grandes héroes de la Antigüedad, que al dar un puntapié en las posaderas de su escudero cuando estaba cometiendo una tonterÃa, fue apaleado y maltratado por éste, que resultó ser mucho más fuerte y valiente que él? ¡Pues bien!, esto es mucho más ofensivo que recibir unos puñados de barro en la cara, lanzados por el populacho que te cree autor del abominable panfleto que llevas a NormandÃa. Verdaderamente, en cierto modo, es a la provocativa insolencia de ese vanidoso de Torpet a quien han tirado el barro. Si fueras inglés, este incidente te habrÃa dejado casi insensible. Lord Wellington ha pasado por él dos o tres veces en su vida.
—¡Ah!, los ingleses no son jueces bastante clarividentes y delicados en cuestiones de honor como son los franceses. El obrero inglés no es más que una máquina. El nuestro quizá no haga muy bien su cometido, pero es una especie de filósofo y su desprecio es espantoso de soportar.