Rojo y blanco
Rojo y blanco Leuwen continuó durante algún tiempo hablando con la debilidad del nombre reducido al último grado de desconsuelo. Coffe le cogió la mano y Leuwen se echó a llorar por segunda vez.
—¿Y aquel lancero que me ha reconocido? Luego, los demás han gritado: ¡Abajo Leuwen!
—Aquel soldado ha hecho saber al pueblo de Blois el nombre del autor del infame panfleto de Torpet.
—¿Cómo salir del lodo en que me he sumergido, tanto en lo moral como en lo físico? —exclamó Leuwen con la mayor amargura—. Aún niño —continuó instantes después—, hacía ya cuanto me era posible para ser útil y apreciado. He trabajado diez horas diarias durante tres años para poder ingresar en la Escuela Politécnica; tú ingresaste con el número cuatro y yo con el siete. En la Escuela, más trabajo aún e imposibilidad de distracción. Indignados por una acción infame del gobierno, nos hemos encontrado en la calle…
—Ridícula falta de cálculo, especialmente tratándose de matemáticos: nosotros éramos doscientos cincuenta jóvenes y el gobierno nos ha puesto delante a doce mil ciudadanos incapaces del más mínimo razonamiento, a quienes aquel ardor de la sangre en las venas que produce en todo francés la presencia del peligro, convierte en excelentes soldados. Hemos caído en el mismo error que esos infelices señores rusos en 1826…