Rojo y blanco
Rojo y blanco —Todo depende de la primera impresión, y tengo que reparar muchos desperfectos. Mi uniforme está bastante bien —se dijo mirándose en dos espejos que habÃa hecho colocar de manera que pudiera verse de pies a cabeza—; pero siempre, los risueños ojos de la señora de Chasteller, esos ojos chispeantes de picardÃa, verán el barro de mi manga —y mirando lastimosamente su uniforme de viaje que, tirado sobre una silla, guardaba, a pesar de los esfuerzos del cepillo, trazas demasiado evidentes de su accidente.
Después de aquella larga toilette que constituyó, sin que él se diera cuenta, un espectáculo para la gente del hotel y para la cual la dueña habÃa prestado su psyché, Luciano bajó al patio y examinó, con mirada no menos critica, el aspecto de Lora. Lo encontró aceptable, a excepción de uno de los cascos traseros, que hizo limpiar de nuevo en su presencia. Finalmente, saltó sobre la silla con agilidad de volteo, y no con la precisión y gravedad militares. QuerÃa demostrar con demasiada evidencia a los criados del hotel, reunidos en el patio, que sabÃa montar perfectamente. Preguntó dónde estaba la calle de la Pompe, y partió al trote largo.
—Afortunadamente —se dijo—, la señora de Chasteller, viuda de un oficial general, debe ser un buen juez.