Rojo y blanco

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Pero las persianas verde loro se hallaban herméticamente cerradas, y en vano pasó Luciano una y otra vez por delante de ellas. Fue a dar las gracias al teniente coronel Filloteau y a enterarse de los pequeños deberes convencionales que deben ocupar el primer día de un subteniente a su incorporación a un regimiento.

Efectuó dos o tres visitas de diez minutos cada una, con frialdad de cadena de pozo, la que conviene exactamente a un joven de veinte años, y aquella muestra de perfecta educación tuvo todo el éxito qué era dable desear.

En cuanto estuvo libre, volvió a visitar el lugar en que había caído por la mañana. Llegó frente a la residencia de Pontlevé al trote largo y allí, precisamente, hizo tomar a su caballo un galope corto, rítmico y perfecto. Algún que otro tirón de brida, invisible para los profanos, dieron al caballo del prefecto, extrañado por la osadía del jinete, un aire de impaciencia maravilloso a los ojos de los entendidos. Pero en vano se mantenía Luciano inmóvil en la silla, incluso un poco rígido; las persianas verdes siguieron cerradas.




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