Rojo y blanco

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—¡Ah, señor! —exclamó Leuwen olvidando toda prudencia, todo convencionalismo, y torturado por su conciencia.

—Su juventud pura y tranquila no tiene ni idea de lo que pueden constituir tales peligros, ¡su única mención le produce horror! Yo le aprecio más por eso, permítame que se lo diga, mi joven colaborador. ¡Ah, que conserve por mucho tiempo la paz en su alma honrada! No se permita jamás en la Administración el menor acto dudoso en lo que se refiere al honor, por escrupuloso que éste sea, o ya no habrá nunca más tranquilidad en su espíritu.

Habían servido la cena y todos se hallaban sentados a la mesa.

—Habría matado usted al sueño, como dice el gran trágico de los ingleses en su Machbeth —añadió el prefecto.

«¡Ah, infame!, has nacido sólo para torturarme», pensó Leuwen, y aunque estaba muriéndose de hambre, experimentó una contracción del diafragma que le impidió tragar ningún bocado más.

—Coma usted, señor comisario —dijo el prefecto—; imite a su adjunto.

—Secretario solamente, señor —rectificó Coffe mientras continuaba tragando y bebiendo como un lobo.


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