Rojo y blanco
Rojo y blanco —Esto de las elecciones es un maldito asunto —dijo una vez terminada la lectura—, que desde hace tres semanas me impide dormir por la noche, a mÃ, que en tiempos normales no oigo caer mi última zapatilla. SÃ, arrebatado por mi celo al servicio del gobierno del rey, me dejo llevar a adoptar alguna medida un poco cruel para mis administrados, desaparece en mà todo lo que sea tranquilidad de espÃritu. En el momento en que voy a dormirme, un remordimiento o por lo menos una penosa discusión conmigo mismo para saber si he incurrido en algo que pueda proporcionarme remordimientos, viene a desterrar de mà el sueño. TodavÃa no conoce usted esto, señor comisario (era el cargo que el bueno del señor de Roquebourg atribuÃa a Leuwen: para honrarle, le daba el tratamiento de comisario en las elecciones). Posee usted todavÃa un alma joven, señor, y las preocupaciones ministeriales no han alterado la paz de que disfruta. No se ha encontrado usted jamás con la oposición directa de una población. ¡Ah, señor, éstos son momentos muy duros de soportar! A continuación uno se pregunta: ¿Ha sido mi conducta perfectamente pura? Mi devoción hacia el rey y la patria, ¿han constituido mi única guÃa? No, no conoce usted estas terribles incertidumbres, señor. Para usted, la vida es aún color de rosa; al viajar de posta en posta, corre usted por las carreteras como una nube por el cielo…