Rojo y blanco
Rojo y blanco —¿Y los obreros? —preguntó Coffe.
—Cincuenta y tres francos, señor, ¡esto produce espanto! ¡Y cincuenta y tres francos en moneda fraccionaria! La más importante contribución entre ellos, ha sido de seis sueldos; y, caballeros, fue precisamente el zapatero de mis hijas quien tuvo la desvergüenza de hacer este donativo.
—Espero que usted no le habrá dado más trabajo —dijo Coffe fijando su mirada escrutadora sobre el pobre prefecto.
Éste pareció hallarse embarazado por algún pensamiento, pues no sabÃa mentir y, por otra parte, temÃa a la contra-policÃa de aquellos señores.
—Seré franco —dijo finalmente—, la franqueza es la base de mi manera de ser. Barthélemy es el único zapatero que hace zapatos de señora en la ciudad. Los otros calzan a las mujeres del bajo pueblo… y mis hijas no han querido jamás que… Pero le he echado un buen sermón.
Cansado con todos aquellos detalles, a las doce menos cuarto de la noche, Leuwen dijo bruscamente al señor de Riquebourg:
—¿Me harÃa el favor, señor, de leer esta carta del señor ministro del Interior?
El prefecto la leyó dos veces lentamente. Los dos jóvenes viajeros se miraban uno al otro.