Rojo y blanco
Rojo y blanco —Soy yo, caballeros, quien trata con la cocinera; de esta manera mi mujer no tiene que preocuparse más que de los niños, mientras que yo, dejando charlar a esta muchacha, sé todo lo que sucede en mi casa y en la ciudad; mi conversación, caballeros, es conocida al pie de la letra por mi policÃa y no me extraña, pues me hallo rodeado de enemigos. No tienen ustedes idea, señores, de los gastos que estoy obligado a realizar. Por ejemplo, tengo un peluquero que es liberal y el de mi mujer es legitimista. Comprenderán ustedes perfectamente, señores, que yo podrÃa afeitarme solo. Tengo dos expedientes procesales que únicamente voy entreteniendo para dar oportunidad de que venga a la prefectura el procurador Clapier, uno de los más conspicuos liberales del paÃs, y el abogado señor Le Beau, personaje elocuente, moderado y piadoso, como los grandes terratenientes a quienes sirve. Mi puesto, señores, no se aguanta más que por un hilo; si no soy protegido por Su Excelencia, seré el más desdichado de los hombres. Como enemigo de primer rango, tengo al señor obispo; es el más peligroso de todos ellos. No se relaciona con nadie que no tenga los oÃdos muy cerca de los labios de la reina, y sus cartas no pasan por la oficina de correos. La nobleza no se digna venir a mi salón y me atosiga con su Enrique V y el sufragio universal. Tengo, finalmente, a estos desgraciados republicanos, que no son más que cuatro y arman un ruido como si fueran mil. Pueden ustedes creer, señores, que los hijos de las más ricas familias, en cuanto llegan a los dieciocho años, no sienten vergüenza alguna de pertenecer a dicho partido. Últimamente, para pagar una multa de mil francos a la cual he hecho condenar al insolente periódico que se habÃa permitido aprobar el charivari dado al digno sustituto del procurador general, los jóvenes nobles entregaron sesenta y siete francos, y los no nobles, ochenta y nueve. ¿No es esto algo horrible? ¡Nosotros, que garantizamos sus propiedades contra la república!