Rojo y blanco
Rojo y blanco —Coma, señor consejero. Si no puede concederme más de treinta y seis horas, como me dice el señor ministro en su carta, debo explicarle bastantes cosas, comunicarle muchos particulares, someter a su aprobación varias medidas adoptadas o a adoptar antes de pasado mañana al mediodía, que será cuando usted se marchará de aquí. Mañana, tengo el proyecto de rogarle que reciba a una cincuentena de personas, administradores dudosos o tímidos, enemigos no declarados o también tímidos. Los sentimientos de todos ellos quedarán estimulados, no lo dudo en absoluto, por la oportunidad de poder conversar con un funcionario que trata personalmente con el ministro. Por otra parte, la audiencia que usted les conceda y de la cual hablará toda la ciudad, constituirá para ellos un compromiso solemne. Poder hablar con un ministro es una gran ventaja, una hermosa prerrogativa, señor consejero. ¿Qué fuerza pueden tener nuestros comunicados y despachos, señor, nuestros despachos, que para que sean claros tienen que ser largos? ¿Cómo pueden compararse con la entrevista con un administrador que puede decir: yo le veo y le hablo?
Aquellas frases medio estúpidas, duraban todavía a la una y media de la madrugada. Coffe, que se estaba cayendo de sueño, había ido a informarse sobre las camas y el prefecto preguntó a Leuwen si podía hablarse libremente delante de aquel secretario.