Rojo y blanco

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—Claro que sí, señor prefecto, el señor Coffe trabaja en la oficina particular del ministro, y en lo referente a las elecciones, goza de la completa confianza de Su Excelencia.

Cuando Coffe regresó, el señor de Roquebourg se creyó en la obligación de repetir toda la conversación y consideraciones expuestas a Leuwen, añadiendo esta vez los nombres propios de las personas. Pero como quiera que tales nombres eran perfectamente desconocidos para los dos viajeros, no hacían más que enredar a sus ojos el sistema de influencia que el señor prefecto se había propuesto poner en práctica. Coffe, sumamente contrariado al no poderse ir a la cama, quiso, por lo menos, trabajar seriamente, y con la autorización del señor consejero, como tuvo buen cuidado de nombrarle, se puso a atosigar con preguntas al señor de Roquebourg.

Aquel bueno de prefecto, tan moralizador y tan preocupado en no crearse remordimientos, pudo articular, finalmente, que el departamento estaba mal predispuesto, porque ocho pares de Francia, dos de los cuales eran grandes propietarios, habían hecho nombrar a varios funcionarios subalternos a los que concedían su protección.

—Estos señores reciben mis circulares y me contestan con garambainas. Si hubiesen llegado ustedes quince días antes, hubiésemos podido dictar cinco o seis destituciones que habrían resultado saludables.


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