Rojo y blanco

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—No soy lo bastante rico para ello, señor: París y mi familia numerosa me arruinarían, disponiendo únicamente de doce mil francos. Lo que podría serme interesante sería la prefectura de Burdeos, señor, la de Marsella o la de Lyon, con bien provistas arcas de fondos secretos. Lyon, por ejemplo, debe ser magnífica. Pero volvamos al asunto, que se está haciendo tarde. Así, pues, digamos que tenemos por lo menos diez votos ganados personalmente por mí. Mi terrible obispo tiene un vicario general que es un bribón muy listo y gran admirador de la especie. Si Su Excelencia me autorizara para realizar algún gasto, entregaría veinticinco luises al señor Crochard (que así se llama el gran vicario), para que diera limosnas entre los sacerdotes pobres. Me dirá usted, señor, que entregar dinero al partido jesuítico es proporcionar recursos al enemigo. Pero es algo que hay que ponderar y decidir después de saberlo todo. Estos veinticinco luises me proporcionarán una docena de votos, de los cuales dispone el señor Crochard, y más bien serán doce que diez.

—El tal Crochard se embolsará los veinticinco luises y después se burlará de usted —dijo Leuwen—. En el momento decisivo, la conciencia de sus electores les habrá impedido votar por el candidato gubernamental.


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