Rojo y blanco

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Al cabo de diez minutos les despidió secamente, y ya se escapaba para dar una vuelta por la ciudad, cuando el prefecto, que le estaba vigilando, salió a su encuentro y le obligó a escuchar la lectura de todas las cartas dirigidas por él al conde de Vaize con motivo de las elecciones.

«Son como artículos de periódicos de tercer orden», pensaba Coffe, indignado. Nuestro Journal de Paris, como artículos, no los pagaría ni a doce francos cada uno. La conversación de este hombre está a cien codos por encima de su correspondencia.

En el momento en que Coffe estaba preparando un pretexto para escaparse del señor de Roquebourg, regresó Lemven seguido del general conde de Beauvoir. Era un hombre presumido, de elevada estatura y rostro rubicundo y grasiento de una rara insignificancia; por otra parte, era todavía atractivo, muy cuidado y elegantísimo, pero que, literalmente, no comprendía absolutamente nada de lo que se decía en su presencia. Las elecciones parecía que le habían trastocado el cerebro, y a propósito de cualquier cosa decía:

—Esto es asunto que incumbe a la autoridad administrativa.


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