Rojo y blanco
Rojo y blanco Una de ellas era más fea que sus hermanas, pero menos orgullosa de la grandeza de su familia. Teñía cierto parecido con la señorita Théodelinde de Serpierre y aquel recuerdo causó una intensa impresión en Leuwen. En cuanto se dio cuenta de ello, habló con interés a la señorita Agustina, y la señora de Roquebourg entrevió inmediatamente un posible brillante matrimonio para su hija.
El prefecto recordó a Leuwen la visita a efectuar al general y al obispo. La señora de Roquebourg hizo un signo de impaciencia, despreciativo, a su marido y, finalmente, el almuerzo no terminó hasta la una; Leuwen salió en coche, mientras cuatro o cinco grupos de amigos más o menos seguros del gobierno, le saludaban a su paso por las diferentes dependencias de la prefectura.
Coffe no había querido acompañar a su antiguo camarada, pues deseaba recorrer un poco la ciudad y hacerse una idea del ambiente que en ella reinaba, pero tuvo que recibir la visita oficial del señor secretario general y de los empleados de la prefectura.
«Voy a echar mi cuarto a espadas en el asunto», se dijo.
Y con inexorable sangre fría, supo dar a aquellos empleados la más alta idea de la misión que le ocupaba.