Rojo y blanco

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Todo fue bien hasta la cena. A las seis, en el salón del señor prefecto, se hallaban reunidos cuarenta y tres personas, la flor y nata de la ciudad. Se abrió la puerta de paren par, pero el señor prefecto quedó consternado al ver que Leuwen no iba de uniforme. Tanto él como el general y los coroneles, todos vestían uniforme de gran gala. Leuwen, agotado por el cansancio y el hastío, fue colocado a la derecha de la señora del prefecto, lo que molestó un tanto al general Beauvoir. No se había escatimado la leña que suministraba el gobierno y hacía un calor insoportable; antes de la mitad del banquete, que duró siete cuartos de hora, Leuwen temió dar una escena y desmayarse.

Una vez terminado pidió permiso para dar una vuelta por el jardín de la prefectura; se vio en la obligación de decirle al prefecto, que se pegaba a él y quería seguirle:

—Voy a dar instrucciones al señor Coffe sobre las cartas que debe presentarme a la firma antes de que salga el correo. Es necesario no solamente adoptar las más prudentes y sabias medidas, sino también informar de ellas.

—¡Qué día! —se dijeron los dos viajeros.


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