Rojo y blanco

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Al cabo de veinte minutos tuvieron que volver a entrar y sostener cinco o seis apartes en los vanos de las ventanas con personajes importantes, amigos del gobierno, pero que bajo pretexto de la desesperante nulidad del señor Blondeau, que en la mesa había hablado de hierros y de lo justo que sería el prohibir la importación de hierres ingleses, había agotado Ta paciencia incluso de los funcionarios de una ciudad de provincias (sic). Varios amigos del gobierno encontraban absurdo que la Tribune se hallara ya en su centésimo cuarto proceso, y que tantos jóvenes estuvieran sufriendo prisión preventiva. Leuwen tuvo que consagrar toda la velada a combatir aquella peligrosa herejía. Citó con bastante brillantez de expresión a los griegos del Bajo Imperio, que discutían sobre la luz increada del Monte Tabor, mientras los feroces osmanlíes escalaban los muiros de Constantinopla.

Viendo el efecto producido por aquel rasgo de erudición, Leuwen desertó de la prefectura e hizo un signo a COffe. Eran las diez de la noche.

—Veamos un poco la ciudad —se dijeron los dos jóvenes.

Un cuarto de hora más tarde, mientras se hallaban intentando desentrañar la arquitectura un poco gótica de una iglesia, se les reunió el señor de Roquebourg.

—Les estaba buscando, caballeros…


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