Rojo y blanco
Rojo y blanco A Leuwen estuvo a punto de terminársele la paciencia.
—Pero, señor prefecto, ¿el correo no sale a medianoche?
—Entre medianoche y la una.
—¡Pues bien! El señor Coffe tiene una memoria tan prodigiosa, que aquà donde le ve usted, recibe al dictado mis informes, se acuerda de todo maravillosamente bien y corrige a veces las repeticiones que puedo cometer u otras pequeñas faltas. ¡Tengo tantas preocupaciones! No conoce usted ni la mitad de ellas.
Con frases como éstas y aún con otras más ridÃculas todavÃa, Leuwen y Coffe pasaron mil apuros para mandar nuevamente al señor de Roquebourg a su prefectura.
Los dos amigos regresaron a las once y redactaron una carta de veinte lÃneas al ministro. Dicha carta, dirigida al señor Leuwen padre, fue echada al correo por Coffe.
El prefecto se extrañó mucho cuando, a las doce menos cuarto, su ujier fue a decirle que el señor consejero del ministerio no habÃa enviado ninguna carta a ParÃs. Su extrañeza fue en aumento cuando el director de la oficina de correos le informó de que ningún despacho habÃa sido dirigido al ministro a través de la oficina. Aquel hecho sumió al prefecto en las más profundas meditaciones.