Rojo y blanco
Rojo y blanco Mientras Coffe se hacía estas reflexiones filosóficas, tal vez un poco envidiosas también, ya que era pobre y a menudo pensaba en ello, la conversación entre el prefecto y Leuwen se iba adentrando rápidamente en el tema de las elecciones.
El pequeño prefecto hablaba lentamente y con una extraordinaria afectación de elegancia. Pero era evidente que se estaba conteniendo. Cuando hablaba de sus adversarios políticos, sus ojuelos despedían un extraño fulgor y su boca se contraía sobre los dientes.
«Mucho me equivoco o nos hallamos ante una cara atroz. Se muestra complacida cuando pronuncia la palabra señor en la semi-frase señor de Mairobert (que continuamente afluía a sus labios). Es muy posible que se trate de un fanático. Tiene facha de hacer fusilar a Mairobert si pudiera tenerle delante de una comisión militar como la del coronel Caron. Puede ser también que la vista del panfleto rojo haya turbado profundamente su alma política. (El prefecto acaba de decir: yo no he sido nunca un hombre político). Divertido, tratándose de un hombre político —pensó Coffe—. Si los cosacos no hubiesen conquistado Francia, nuestros hombres políticos serían unos Fox o unos Peel, unos Tom Jones como Fox o unos Blifils como Peel, y el señor de Séranville hubiese sido, todo lo más, un gran chambelán o un gran refrendario de la Cámara de los pares».