Rojo y blanco
Rojo y blanco Se oyó un ligero ruido, y Leuwen redobló su atención en el panfleto. Se abrió la puerta, y Coffe, que estaba de espaldas a la chimenea y al que el encuentro de aquellos dos vanidosos divertía mucho, vio aparecer un ser exiguo, muy bajito, delgado y bastante acicalado y elegante; desde la mañana iba vestido con pantalón negro ceñido y medias que dibujaban las piernas quizá más delgadas del departamento. Ante la vista del panfleto, que Leuwen tuvo buen cuidado de no meter en su bolsillo hasta después de pasados cuatro o cinco mortales segundos, la cara del señor de Séranville adquirió un color rojo oscuro, un color de vino. Coffe observó que las comisuras de sus labios se contraían.
Consideró también que el tono de Leuwen era frío, sencillo, militar y un poco guasón.
«Es curioso comprobar —pensó Coffe— el poco tiempo que el uniforme militar necesita para incrustarse en el carácter del francés que lo viste. He aquí a un buen muchacho en el fondo, que ha sido soldado, ¡y qué soldado!, por espacio de seis meses, y durante toda su vida, sus brazos y sus piernas dirán: yo soy un militar. No es extraño que los galos fueran el pueblo más valiente de la Antigüedad. El placer de poder ostentar un signo de su estado militar trastoca a estos seres, pero les inspira con la mayor intensidad dos o tres virtudes que siguen conservando durante toda su vida».