Rojo y blanco
Rojo y blanco Encontraron la puerta de su posada suficientemente provista de gendarmes, y en el salón a un hombre de irnos cincuenta años y cara colorada; tenía aspecto un poco campesino, pero su mirada era animada y dulce; los modales no desmentían lo que prometía su aspecto. Era el general Fari, que mandaba la división. Con las facciones algo vulgares de un hombre que había sido dragón durante cinco años, era difícil poseer más auténtica educación, y a lo que parecía, entender con más claridad los asuntos. Coffe se extrañó muchísimo de hallarle completamente desprovisto de vanidad militar, y que tanto sus brazos como sus piernas se movieran como las de los hombres inteligentes normales. Su celo para hacer elegir al señor Gonin, panfletario empleado por el gobierno, y para lograr que fracasara el señor Mairobert, no tenía ningún cariz de maldad ni de animosidad. Hablaba del señor Mairobert como hubiera hablado de un general prusiano, comandante de la ciudad que estaba sitiando. El general Fari mencionaba con mucho comedimiento a todo el mundo, incluso al prefecto. De todos modos, era evidente que no era infiel a la regla que hace del general el enemigo natural e instintivo del prefecto, el cual es todopoderoso en el departamento, mientras que el general, solamente puede vejar a unos cuantos oficiales superiores como máximo.