Rojo y blanco

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Desde el momento en que el general Fari hubo recibido la carta del ministro, que Leuwen hizo llegar a sus manos en cuanto llegó, le había estado buscando.

—Pero se hallaban ustedes en la prefectura. Les confesaré, caballeros, que estoy temblando por estas elecciones. Los quinientos votantes favorables a Mairobert son enérgicos, llenos de convicción y pueden hacer todavía prosélitos. Nuestros cuatrocientos votantes son silenciosos, tristes. Hablaré claro con ustedes, señores, ya que ha llegado el momento del combate y cualquier malentendido puede comprometer la cosa: encuentro que nuestros excelentes votantes se consideran como avergonzados del hecho de serlo. Este maldito señor de Mairobert es el hombre más honrado y digno del mundo, rico y amable. Tan sólo una vez se le ha visto encolerizado, y aún ello, porque se puso fuera de sí al enterarse de lo del panfleto negro…

—¿Qué panfleto? —preguntó Leuwen.

—¡Como, señores! ¿El prefecto no les ha entregado ningún ejemplar de un panfleto con cubiertas de luto?

—Usted me está dando la primera noticia de él, y le quedaría sumamente agradecido, general, si pudiera proporcionarme algún ejemplar del misino.

—Aquí tiene uno.


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