Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Cómo!, es el panfleto del prefecto. ¿Es que no ha recibido la orden de no dejar salir ni un solo ejemplar de la imprenta?
—El señor Séranville ha tomado sobre sà la responsabilidad de no acatar esa orden. Este panfleto, que quizás es demasiado duro, circula desde anteayer y no puedo ocultarles, señores, que ha causado el más deplorable de los efectos. Por lo menos ésta es mi manera de ver las cosas.
Leuwen, que sólo habÃa podido ver el manuscrito en el despacho del ministro, lo hojeó rápidamente. Y como un manuscrito es siempre algo oscuro, los rasgos de ingenio e incluso las calumnias contra el señor Mairobert, le parecieron cien veces más fuertes.
«¡Gran Dios!», exclamaba Leuwen para sà mientras lo leÃa; y el acento con que lo decÃa, era más bien el de un hombre ofendido que el de un comisario para las elecciones extrañado por una falsa maniobra.
—¡Gran Dios! —exclamó finalmente en voz alta—. ¡Las elecciones tienen lugar pasado mañana! ¡Y el señor Mairobert es generalmente estimado en la región! Esto hará que las gentes indolentes e incluso tÃmidas se decidan a actuar.