Rojo y blanco
Rojo y blanco —A fe mÃa que hace buen dÃa, luce un sol espléndido —dijo Leuwen a Coffe en cuanto el general se hubo marchado—. Es la una y media de la tarde y tengo deseos de mandar un despacho telegráfico al ministro. Más vale que conozca toda la verdad.
—Le sirves a él, pero debes cuidar de ti mismo. No es éste el mejor procedimiento para quedar bien a sus ojos. Esta verdad es amarga. ¿Y qué se pensará de ti en la corte, si después de todo el señor Mairobert no es elegido?
—En verdad que ya es bastante con ser un pillo en el fondo, para desear serlo también en la forma. Obro con el señor de Vaize del mismo modo que deseo se obre conmigo.
Redactó el despacho y Coffe lo aprobó, haciéndole sustituir tres palabras por una.
Leuwen salió sólo para dirigirse a la prefectura, subió a la oficina del telégrafo, hizo que el señor Lamorte, su director, leyera la carta que le concernÃa y le rogó transmitiera el despacho sin pérdida de tiempo. El director parecÃa embarazado y le dirigió algunas frases.
Leuwen, que a cada instante miraba su reloj, temÃa que el cielo se encapotase, en un dÃa de invierno; terminó por hablar claro y con decisión. El funcionario le dijo que harÃa bien tratando de ver al señor prefecto.