Rojo y blanco

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—Tendrá usted mucha necesidad de que yo le dé cuenta de algo. Por el momento, me permitiré decirle que mi desprecio hacia usted es total; pero no le concederé el honor de enfrentarse conmigo con la espada en la mano más que al día siguiente de la elección del señor Mairobert. Tendré el honor de escribirle; al mismo tiempo, iré a enterar de mis instrucciones al general.

Estas palabras tuvieron la virtud de poner al prefecto fuera de sí.

—Si el general obedece, como no dudo, las órdenes del ministro de la Guerra, será usted detenido, y yo, por la fuerza si es preciso, tendré a mi disposición el telégrafo. Si el general no considera deber suyo el prestarme decidido apoyo, le dejaré a usted todo el honor de hacer elegir al señor Mairobert y me iré para París. Pasaré el puente de N…, y en cualquier caso estaré dispuesto, lo mismo en París que aquí, a renovarle el testimonio de mi desprecio, tanto por sus talentos como por su manera de ser. Adiós, caballero.

Cuando Leuwen iba a salir, llamaron violentamente a la puerta que estaba a punto de abrir, y a la cual el señor Séranville había corrido los pestillos a las primeras palabras acerbas de la discusión. Leuwen abrió la puerta.

—Un despacho telegráfico —dijo el señor Lamorte, el mismo director de la oficina del telégrafo que acababa de hacer perder media hora a Leuwen.


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