Rojo y blanco

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—exclamó con tono trágico el sombrío Ludwig Roller.

—En fin, caballeros, pónganse ustedes de acuerdo; ¿de dónde habrá sacado el dinero que cuesta ese caballo? —dijo la señora de Sauves de Hoquincourt—; ya que espero que, a pesar de la prevención que demuestran contra este joven fabricante de velas, no llegaran a negar que no se halle, en el momento presente, montado, en un caballo.

—Dinero, dinero —dijo el señor de Antin—; nada más fácil; su papá habrá defendido en la tribuna de la Cámara, o en los comités del presupuesto, la compra de los fusiles Gisquet, o cualquier otro cambalache de material de guerra.

—Se debe vivir y dejar vivir —observó el señor de Vassigny, con aire políticamente profundo—; ¡esto es lo que nuestros pobres Borbones no llegarán nunca a comprender! Hay que ahogar en nuestros jóvenes plebeyos y vocingleros, lo que hoy en día se llama talento. ¿Quién podría dudar de que no hubieran vendido a Carlos X del mismo modo que se venden a sí mismos? Y más baratos aún, ya que se hubieran sentido menos avergonzados por la venta. La buena sociedad les hubiera debido aceptar y recibir en sus salones, que es el gran objetivo de todo burgués, una vez tiene la comida asegurada.

—¡Gracias a Dios!, ya llegamos a la alta política —dijo la señora de Puylaurens.


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