Rojo y blanco
Rojo y blanco —Héroe de Julio, obrero ebanista, o hijo de un barrigón, como quieran ustedes —continuó la señora de Sauves de Hoquincourt—, pero no se puede negar que monta con apostura. Y ello, ya que su padre es uno de los que se han vendido, con la ventaja de que evitará hablar de polÃtica, y será mejor compañero de reunión que este Vassigny, que entristece continuamente a sus amigos con sus eternas lamentaciones y previsiones. Debiera estar prohibido gemir, por lo menos en la hora de la sobremesa.
—Hombre amable, fabricante de velas, obrero ebanista, y todo lo que ustedes quieran —dijo el puritano Ludwig Roller, joven de elevada estatura, cabellos negros y lisos, que encuadraban una cara pálida y triste—, pero hace cinco minutos que no quito la vista de este caballerete, y apostarÃa cualquier cosa a que no hace mucho tiempo que está en servicio.
—Pues entonces es que no es un héroe de Julio ni un fabricante de velas —continuó con vivacidad la señora de Hoquincourt—; ya que desde la Gloriosa han pasado tres años, y hubiese tenido tiempo para demostrar más aplomo. Será el hijo de algún gordinflón, como los trescientos del señor de Villéle; incluso es posible que haya aprendido a leer y a escribir, y que sepa presentarse en un salón como una persona cualquiera.
—No tiene el aire vulgar —dijo la señora de Commercy.