Rojo y blanco
Rojo y blanco —Pero su aplomo a caballo no es tan perfecto como quiere usted creer, señora —replicó Ludwig Roller, amoscado—. Monta rÃgido y de modo afectado; si su caballo se encabritara un poco, le verÃamos rodar por tierra.
—SerÃa la segunda vez en un solo dÃa —exclamó el señor de Sanréal con el aire triunfal que adopta un tonto poco acostumbrado a ser escuchado cuando tiene algo interesante que decir.
Aquel señor de Sanréal era el gentilhombre más rico y peor educado de la región; tuvo el placer, raro en él, de ver como todas las miradas se volvÃan hacia su dirección, y se delectó dejando pasar algún tiempo antes de decidirse a explicar, de manera que fuese algo inteligible, la historia de la caÃda de Luciano. Como sea que su explicación empezara a embrollarse, al intentar intercalar algo ingenioso, los demás tomaron la decisión de hacerle preguntas, lo cual renovó su delectación, pues se vio obligado a volver a iniciar el relato; pero siempre presentaba al protagonista del mismo como mucho más ridÃculo de lo que habÃa sido en realidad.