Rojo y blanco

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—Pueden decir ustedes lo que quieran —dijo la señora de Sauves de Hoquincourt, al pasar Luciano por tercera vez ante su residencia—, pero es un hombre encantador; y si no me hallara bajo la autoridad de un marido, le mandaría una invitación para que viniera a tomar café a mi casa, aunque sólo fuera para gastarles a ustedes una broma, pesada.

El señor de Hoquincourt tomó aquellas palabras en serio, y su cara dulce y piadosa palideció de espanto.

—¡Pero, querida mía!, ¡si es un desconocido, puede que un obrero! —dijo con aire suplicante a su cara mitad.

—Vamos, me sacrificaré en honor tuyo —contestó ella burlándose de él. Y el señor de Hoquincourt le estrechó la mano tiernamente.

—Y usted, hombre potente y sabio —dijo ella volviéndose hacia Sanréal—, ¿por quién ha sabido esta calumnia, lo de la caída de este jovencito, tan delgadito y tan lindo?

—Por el doctor Du Poirier —respondió Sanréal, picado por la broma sobre su talle—; fue el doctor Poirier quien me lo contó, que se hallaba en casa de la señora de Chasteller precisamente en el instante en que este héroe de su imaginación midió en el polvo la talla de un estúpido.


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