Rojo y blanco
Rojo y blanco —Héroe o no, ese joven oficial despierta ya envidia, lo cual es un buen principio; y, en cualquier caso, preferirÃa ser envidiada que envidiosa. ¿Es culpa suya si no está hecho bajo el modelo de Baco regresando de las Indias, o bajo el de sus compañeros? Espere a que tenga veinte años más y su aplomo podrá compararse con cualquiera. De ahora en adelante, no quiero escucharles más —dijo la señora de Hoquincourt, yéndose a abrir una ventana al otro extremo del salón.
El ruido producido al abrirse la ventana hizo que Luciano volviera, la cabeza, y su caballo tuvo un exceso de alegrÃa que mantuvo al jinete y a su montura, durante uno o dos minutos, bajo la mirada de aquella benevolente reunión. Como en el momento de abrirse habÃa rebasado ya la ventana, el caballo, a pesar del jinete, pareció como si retrocediera precipitadamente.
—No es la mujer de esta mañana —se dijo un poco desconcertado. Y obligó a su caballo, muy excitado en aquel momento, a alejarse al paso.
—¡El muy fatuo! —exclamó Ludwig Roller apartándose de la ventana con cólera—; será algún caballerizo de la compañÃa de Franconi, al que Julio habrá transformado en héroe.
—Pero ¿no es el uniforme del 27.º el que lleva? —dijo Sanréal con aire de capacidad—. Me parece que el 27.º luce otros ribetes.