Rojo y blanco

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—El prefecto es muy capaz de retrasar dicha contestación —dijo el general—. Sería muy propio de él que hubiera mandado a uno de sus empleados a la estación telegráfica, que se halla a cuatro leguas de aquí, al otro lado de las colinas, para detener toda la comunicación. Debido a hechos de este género, se cree un cardenal Mazarino resucitado, ya que nuestro prefecto ha leído la Historia de Francia.

De esta forma, nuestro buen general quería demostrar que él también la había leído. El capitán Méniére se ofreció para ir al galope hasta la cima de la colina a fin de observar si había algún movimiento extraño en la segunda estación telegráfica, pero Coffe pidió al capitán que le dejara su caballo y fue él quien galopó en su lugar.

Delante de la sala de las Ursulinas había estacionadas por lo menos un millar de personas. Leuwen bajó a la plaza, para poder juzgar personalmente del estado general de las conversaciones, pero fue reconocido. El pueblo, cuando se ve reunido en masa, es muy insolente:

—¡Miradle! ¡Miradle! ¡Es el comisario de policía metomentodo que han mandado dé París para que espíe al prefecto!

Aquellas frases casi resbalaron por Leuwen. No les hizo ningún caso.

Dieron las dos, después las dos y media; el telégrafo seguía sin dar señales de vida.


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