Rojo y blanco

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Leuwen se consumía de impaciencia. Fue a ver al abate Disjonval.

—No he podido diferir por más tiempo el voto de mis amigos —se disculpó éste, a quien Leuwen encontró un tanto amoscado.

—He aquí —se dijo— a un hombre que sospecha que me he estado burlando de él, y va a plantear las cosas claras. Juraría que ha retardado el voto de sus amigos, en verdad bien poco numerosos.

En el momento en que Leuwen iba a intentar demostrar al abate Disjonval, por medio de una serie de frases encendidas, que no había sido su deseo ni intención engañarle, llegó Coffe sin aliento:

—¡El telégrafo está en marcha!

—Tenga la amabilidad de esperarme aquí un cuarto de hora más —dijo Leuwen al abate Disjonval—; voy volando a la oficina de telégrafos.

Regresó corriendo al cabo de veinte minutos.

—Aquí está el cable original —dijo al abate Disjonval.

»El ministro de Hacienda al señor recaudador general.

»Entregue cien mil francos al general Fari o al señor Leuwen».

—El telégrafo sigue funcionando —dijo Leuwen al abate.


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