Rojo y blanco
Rojo y blanco —Voy al colegio electoral —repuso éste, que parecÃa convencido—. Haré lo que pueda para el nombramiento de presidente. Presentamos al señor de Crémieux. Luego iré corriendo a casa del señor Le Canu. Le invito a que vaya allà sin pérdida de tiempo.
La puerta del piso del abate estaba abierta, habÃa mucha gente en la antecámara, que Leuwen y Coffe atravesaron corriendo.
—Señor, aquà está el cable original.
—Son las tres y diez —dijo el abate Le Canu—. Me atrevo a esperar que no tendrá usted ninguna objeción que oponer al señor de Crémieux; cincuenta y cinco años, veinte mil francos de renta, suscriptor de los Débats y que no ha sido emigrado.
—El general Fari y yo aprobamos al señor de Crémieux. Si éste es elegido en lugar del señor Mairobert, el general y yo le entregaremos a usted cien mil francos. En espera del acontecimiento, ¿en manos de quién, señor, desea usted que deposite dicha cantidad?
—La calumnia ronda a nuestro alrededor, señor. Es ya mucho que cuatro personas, por muy honorables que sean, conozcan un secreto del cual la calumnia puede aprovecharse. Cuento que son conocedores del asunto el señor —dijo el abate Le Canu indicando a Coffe—, usted, el abate Disjonval y yo. ¿Para qué hacer partÃcipe de él al general Fari, aunque reconozco es digno de toda consideración?