Rojo y blanco

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Leuwen quedó encantado al oír aquello, que era algo ad rem.

—Señor, soy demasiado joven para cargar sólo con la responsabilidad de un gasto secreto tan elevado, etc., etc.

Al final consiguió que el abate Le Canu aprobara hacer partícipe del secreto al general Fari.

—Pero sostengo explícitamente una condición sine qua non, y es la de que el prefecto quede absolutamente al marpen del asunto.

«Hermosa recompensa a su asiduidad en ir a misa», pensó Leuwen.

Consiguió que el abate Le Canu aceptara que la cantidad de cien mil francos fuera depositada en una caja de la cual el general Fari y un tal señor Ledoyen, amigo de Le Canu, tendrían una llave cada uno.

A su regreso al piso alquilado frente a la sala en la que tenía lugar la elección, Leuwen encontró al general muy colorado. Se acercaba la hora en que éste había decidido ir a depositar su voto y confesó a Leuwen que temía ser abroncado. Pese a esta preocupación personal, el general fue extraordinariamente sensible al cariz ad rem que habían tomado las cosas, especialmente a las respuestas del abate Le Canu.


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