Rojo y blanco
Rojo y blanco El dÃa de la elección, a las diez de la mañana, el correo de ParÃs trajo cinco cartas anunciando que el señor Mairobert habÃa sido acusado en ParÃs, como promotor de un extenso movimiento insurreccional de tipo republicano, del cual se hablaba mucho en aquellos dÃas. Acto seguido, doce de los más importantes comerciantes declararon que no concederÃan sus votos al señor Maifobert.
—He aquà algo perfectamente digno del prefecto —dijo el general a Leuwen, junto al cual habÃa vuelto a ocupar su puesto de observación frente a la sala de las Ursulinas—. ResultarÃa divertido que, después de todo, este minúsculo sofista tuviera éxito. SerÃa una ocasión perfecta, señor —añadió el general con la jovialidad y generosidad de un hombre de corazón abierto—, para que por poco que el ministro deseara mostrarse duro con usted, y tuviera necesidad de un macho cabrÃo expiatorio, hiciera un lindo papel.
—Lo volverÃa a hacer mil veces. Aunque se pierda la batalla, habrÃa lanzado al combate la totalidad de los efectivos de mi regimiento.
—Es usted un muchacho valiente… PermÃtame que emplee esta manera de hablar tal vez demasiado familiar —añadió acto seguido el general, temiendo haber faltado a la más estricta educación, que era para él como un idioma extranjero aprendido demasiado tarde.