Rojo y blanco

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«El prefecto se ha negado a dar sus 389 votos de ayer al señor de Crémieux. La aportación de los 70 u 80 votos que el general Fari y el señor Leuwen esperaban de los legitimistas, resulta inútil, y el señor Hampden será elegido».

Leuwen recapacitó y consideró preferible no escribir a los señores Disjonval y Le Canu, pero fue a verles. Les explicó la nueva desgracia con tanta sinceridad y sencillez tan evidentes, que aquellos señores, que conocían la manera de ser del prefecto, terminaron por quedar convencidos de que Leuwen no había intentado en ningún momento tenderles una trampa.

—El espíritu de este prefecto ridículo, producto de las Grandes Jornadas —dijo Le Canu—, es como los cuernos de los machos cabríos de mi región, negro, duro y retorcido.

El pobre Leuwen estaba de tal modo deseoso de demostrar que no era ningún enredón, que rogó al señor Disjonval aceptara el pago, a sus propias expensas, de los gastos que hubiera podido originar el envío de mensajeros u otros posibles para convocar a los electores legitimistas. El señor Disjonval se negó a aceptar esta proposición, pero antes de marcharse de la ciudad de Caen, Leuwen le hizo entregar, por mediación del señor Donis d’Angel, quinientos francos.


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