Rojo y blanco

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—Pero, caballero, incluso limitándose a razones puramente egoístas, debe reconocer que su elección está perdida. Déjela morir en manos de Leuwen. Como el médico llamado a consulta demasiado tarde, recaerá sobre él toda la culpa del fallecimiento del enfermo.

—Tendrá lo que quiera o lo que pueda, pero hasta mi destitución, no podrá tener la prefectura de Caen.

Al oír aquella respuesta, Leuwen tuvo dificultades para contener al general.

—Un hombre que traiciona al gobierno —dijo éste—, no lo haría mejor que usted, señor prefecto, y esto precisamente es lo que pienso escribir al ministro. Adiós, señor.

A las doce y media de la noche, cuando salían de la prefectura, Leuwen dijo al general:

—Voy a mandar una nota al abate Le Canu explicándole el resultado de esta entrevista.

—Si quiere que le dé un consejo, quizá sería mejor que esperáramos a ver cómo actúan estos sospechosos aliados hasta mañana por la mañana, como decía en su propio despacho telegráfico. Por otra parte, este animal de prefecto puede cambiar de opinión.

A las cinco y media de la mañana, Leuwen estaba en la oficina del telégrafo esperando que se hiciera de día. En cuanto hubo luz suficiente, mandó el siguiente cable, que ya era el cuarto de los enviados:


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