Rojo y blanco
Rojo y blanco El general se hallaba muy interesado en demostrar que tenía una sólida base cultural. Poseía algo mucho mejor: un raro sentido común y mucha bondad. En cuanto hubo explicado al prefecto que el motivo de su visita era rogarle que entregara los trescientos ochenta y nueve votos de que había dispuesto la víspera cuando se trataba de elegir presidente al señor de Crémieux, quien por su parte se comprometía a entregar sesenta votos legitimistas y quizá ochenta… el prefecto le interrumpió con voz avinagrada:
—No esperaba otra cosa después de todas estas comunicaciones telegráficas. Pero, en fin, caballeros, se han olvidado ustedes de un detalle: que no he sido todavía destituido, y que el señor Leuwen no es aún prefecto de Caen.
Todo cuanto la cólera puede hacer salir de la boca de un sofista de tres al cuarto, fue dicho por el señor de Séranville refiriéndose al general y a Leuwen. La escena duró cinco horas. El general no empezó a perder la paciencia más que hasta el final. El señor de Séranville, siempre firme en su negativa, cambió cinco o seis veces de sistema en cuanto a los motivos que le inducían a la misma.