Rojo y blanco
Rojo y blanco La votación siguió su tranquilo curso; las caras eran más sombrías que la víspera. La falsa noticia del prefecto sobre la acusación del señor Mairobert, había indignado a este hombre serio y honesto hasta entonces y, sobre todo, a sus partidarios. Dos o tres veces estuvo a punto de estallar. Se tenía la intención de mandar a París a tres delegados para que interrogaran a las cinco personas que habían dado la noticia de la orden de detención lanzada contra el señor Mairobert. Finalmente, un cuñado de éste montó en un coche que se hallaba estacionado a cincuenta pasos de las Ursulinas y dijo:
—Aplacemos nuestra venganza hasta cuarenta y ocho horas después de la votación, pues en caso contrario, la mayoría vendida de la Cámara de los diputados la anulará.